Consuma, reclame

Aquí debería pasar como en Estados Unidos, donde la gente reclama a lo más mínimo. Vamos a tomar una copa y hemos de andar mucho para encontrar un sitio donde nos pongan bebida no adulterada; eso sí, por el ron o el güisqui de garrafa nos cobran lo mismo que si fuera el bueno. Tememos que se nos manche, porque sabemos que ya nunca será la misma si la llevamos a la tintorería. Tomamos un taxi y dudamos en pedirle al conductor que suba la ventanilla cuando nos morimos de frío. Si es verano, comprobamos cómo el aire acondicionado no está accionado, pero ¿qué nos contestarán si pedimos aire frío? Tampoco es cómodo hablar por el móvil con la radio del servicio público a un volumen más que considerable.

Todavía recuerdo aquella bodeguita donde a la hora del fútbol la música ambiental era sustituida por un partido que nos impedía conversar agradablemente. Quizá esté usted ahora recordando esa tortilla quemada o el jamón que más bien parecía panceta que le sirvieron en la caseta de Feria, ¡y qué cocina! ¿Y qué hacer si cuando recojo las camisas me quedan demasiado ajustadas y en la tienda no quieren hacerme unas nuevas? Pedir una Hoja de Reclamaciones, y si le dicen que no tienen, llamar a la policía para que vengan. Aunque la última vez que los necesité, me dijeron que en ese momento todos los compañeros estaban de servicio.

 

El correo de Andalucía, 30 de abril de 2007.

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